En la agricultura existen diferentes tipos de abonos organicos: el compost (producido por residuos como cáscaras de huevo, restos de verduras y frutas, café, poda, etc…); humus de lombriz (un tipo de compost que se obtiene con la ayuda del proceso digestivo de las lombrices); cenizas (de maderas sin pintura ni esmaltes), abono verde (formado por plantas), estiércol (formado con las heces fermentadas de los animales), el guano (excrementos de aves y murciélagos) o la turba.

Todos estos tipos de abonos orgánicos son totalmente naturales, no llevan aportes químicos que puedan dañar la tierra y respetan el ecosistema, cerrando el ciclo de la vida. Aunque los abonos químicos son una solución rápida y eficaz a corto plazo, su uso conlleva problemas ambientales como la contaminación del agua, el riesgo de toxicidad o la degradación de la vida del suelo a largo plazo, entre otros.

A la hora de enriquecer el sustrato de la tierra, los abonos orgánicos aportan una serie de nutrientes necesarios –los más importantes: nitrógeno, fósforo y potasio- para que las plantas se desarrollen sin problemas. Además, ayudan a la regeneración de la vida microbiana –hongos y bacterias- mejorando la propia composición natural del suelo.

Además de todos estos beneficios, el abono orgánico mejora la capacidad del suelo para absorber agua y facilita la fijación de carbono en el mismo; su producción no genera apenas gasto energético y es una solución más económica que si compraramos un fertilizante químico en el supermercado. En internet existen tutoriales y vídeos sobre cómo hacer uno mismo abonos orgánicos a través del compostaje.

Los abonos orgánicos tienen también muchos beneficios para nuestra salud. Al ser 100% naturales y estar libres de químicos, los productos que se generan en la agricultura ecológica o en huertos urbanos que utilizan abonos orgánicos son también más naturales y saludables. Y eso es algo que, afortunadamente, la gente valora y demanda cada vez más.

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