Sin embargo, su desarrollo no se lo debemos al genio italiano, sino que fue más de trescientos años después, en los albores del siglo XIX, cuando el barón Carl von Drais ideó una especie de artefacto parecido al boceto de Da Vinci, que consistía en una «máquina andante» compuesta por dos ruedas colocadas sucesivamente y guiadas por un manillar. Sin embargo, su modo de utilización aún distaba de la bicicleta tal y como la conocemos actualmente, ya que el conductor se sentaba sobre una montura sobre el pequeño marco de madera que unía ambas ruedas y se impulsaba con sus propios pies.

No obstante, resultó un perfecto caldo de cultivo para que posteriores inventores trabajaran sobre esa idea. Por ejemplo, un escocés llamado Kirkpatrick MacMillan diseñó el primer modelo con pedales en 1839, mientras que en 1873, el inglés James Starley ideó la primera máquina que cuenta con casi todas las características de la bicicleta común, con la salvedad de que la rueda delantera era descomunal con respecto a la trasera (hasta tres veces mayor), lo que dificultaba su uso.

Dado el creciente interés por este tipo de artilugios rodantes, parecía claro que la evolución no se frenaría, hasta que en 1885 John Kemp Starley construyó la llamada «bicicleta de seguridad», creando el prototipo base que ha llegado hasta la actualidad. Y es que el diseño de Starley igualaba el tamaño de las ruedas, haciéndolas avanzar con rodamientos impulsados por una cadena. Además, de cara a mejorar su seguridad, le instaló frenos. Asimismo, cinco años después, este inventor inglés le añadió otro de los avances que no sólo harían avanzar la industria de la bicicleta, sino la automovilística en general: el neumático. Su precursor fue John Boyd Dunlop, que inventó una cámara de tela y caucho que se inflaba con aire comprimido y se colocaba en la llanta, facilitando la circulación y reduciendo los desperfectos provocados por los baches del camino (por aquel entonces las bicicletas pesaban más de 20 kilos).

A partir de ese momento, la bicicleta se extendió rápidamente por el mundo industrializado, y eso a pesar de que el precio de los primeros modelos podía llegar a suponer el salario de tres meses de un trabajador medio. Sin embargo, su coste bajó y en poco tiempo se convirtió en el principal medio de transporte, ayudado además por nuevos inventos como los neumáticos desmontables ingeniados por los hermanos Michelin en Francia y por Giovanni Battista Pirelli en Italia.

Por lo tanto, podemos asegurar que, a pesar de todos los avances posteriores, el siglo XX fue el de la bicicleta, aunque desde su segunda mitad el automóvil se convirtiera en el principal modo de transporte en los países más ricos. Claro que si nos atenemos a las cifras, en el mundo el número de bicicletas duplica al de automóviles, lo que, sin lugar a dudas, supone un respiro para nuestra atmósfera.

Afortunadamente, en la actualidad cada vez existe una mayor concienciación por preservar el medio ambiente, y en las sociedades más industrializadas la bicicleta está recobrando la importancia que tuvo en el pasado. Y aunque no lleguemos nunca al uso que se hace de ella en países como China o India, no podemos sino alegrarnos de la buena salud de este medio de transporte sano, ecológico, sostenible y económico.

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