Comerte un filete de ternera contamina mucho más que si te comieras un plato de lentejas. Los datos lo demuestran: para producir un kilo de carne se emiten 27 kilos de CO2 equivalente, se consumen más de 15.000 litros de agua y necesitan 6.000 m2 de tierra. La producción de un kilo de lentejas apenas emite un kilo de CO2, 5.000 litros de agua y 2.500 m2 de tierra.

En términos más generales, la actividad ganadera genera un 18% más de CO2 que el sector del transporte, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Las vacas generan grandes cantidades de gas metano y dióxido de carbono por sus procesos digestivos. Además, su cuidado y alimentación requieren grandes cantidades de agua y espacio, lo que acarrea otro problema: la deforestación por la transformación de bosques en pastos. La FAO asegura que “el 70 por ciento de los bosques que han desaparecido en el Amazonas se han dedicado a pastizales”.

Y no sólo eso. La FAO añade que la actividad ganadera es uno de los sectores más perjudiciales para los escasos recursos hídricos del planeta. La ganadería contamina el agua con los desechos animales, los antibióticos, las hormonas, los fertilizantes y los pesticidas utilizados para los cultivos destinados al cuidado del ganado.

Si viviéramos en un mundo vegano, se reducirían mucho las emisiones de CO2. Según la American Journal of Clinical Nutrition, las dietas vegetarianas en Estados Unidos podrían reducir las emisiones de gases invernadero en un 22% y ahorrar 1.000 litros de agua al día por persona. Con todo, y a pesar de ser un tema muy polémico, dejar de comer carne de forma definitiva no sería una solución realista: además de sus consecuencias para la salud, millones de personas -la mayoría bajo el umbral de la pobreza- viven de la ganadería.

Fuentes: El País | FAO | American Journal of Clinical Nutrition

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